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Desde muy pequeña he sido una persona muy reactiva a mi entorno en todos los sentidos: Desconfiaba sistemáticamente de lo desconocido y lloraba cada vez que personas diferentes a mis cuidadores principales me hablaban o me miraban tratando de ser agradables conmigo y hacerme reír. Parecía una niña muy tímida porque observaba durante más tiempo que otros niños antes de actuar, pero también disfrutaba muchísimo jugando sola en silencio o pintando mientras escuchaba música clásica. Siempre he sido la niña rara: La que disfruta en su mundo un poco apartada del tumulto, la que no lleva jerséis en invierno porque no soporta su textura y la que acaba sobrepasada por el ruido en cualquier fiesta. Me encantaba que llegara el fin de semana para disfrutar de la tranquilidad de la naturaleza en el pueblo jugando con diferentes animales.

Prestar especial atención a todo lo que me rodea ha hecho que me dé cuenta de más detalles que otras personas de mi entorno pasan por alto; pensaba demasiado y sí, también me preocupaba más de la cuenta. Desde muy pequeña he tenido siempre la sensación de estar viviendo de una forma muy consciente y, quizás, por ello me haya decantado sólo por personas especiales para mí o por grupos muy pequeños ya que nunca me he sentido realmente cómoda en grupos grandes de gente que se hace llamar amigos.

Por cada una de esas experiencias aún era muy pequeña cuando decidí que quería dedicarme a ayudar a las personas, sólo tenía 7 años. Recuerdo perfectamente la noche que descubrí mi vocación: Fue viendo una de mis series favoritas en la que un personaje con bata blanca, psicólogo y trabajador social, era capaz de aliviar el sufrimiento de la gente que acudía a él a través de la palabra. ¡Escribir para sacar de mi cuerpo las emociones que me invadían y sentirme un poco mejor era uno de mis hobbies favoritos!

Enfocada en ello desde entonces, cuando llegó el momento comencé mi formación en tales disciplinas y vestí mi bata blanca de hospital durante mis prácticas sin dejar de buscar en ningún momento qué era lo que día tras día me hacía sentir tan diferente al resto, el motivo por el que, fuera donde fuera, sentía que no encajaba.

Cuando finalicé mis estudios como Trabajadora Social me puse a trabajar en lo que pude, e incluso hubo épocas en las que compaginaba mi puesto en diferentes supermercados con clases de inglés para la tercera edad y con mi pequeña consultoría de belleza; pero siempre en contacto con los demás tratando de hacerles el día a día más llevadero. Pasados unos años, sin sentirme realmente realizada, decidí que había llegado el momento de volver a estudiar e ir a por lo que se suponía que iba a resolver todas mis preguntas: Psicología.

Las respuestas llegaron mientras estudiaba, pero no fue a través de la carrera: Como reconocimiento a mi trabajo como Consultora de Belleza recibí una invitación para asistir a una ‘Conferencia de fracasados’. En esta reunión varias personas con mucho éxito laboral contaron su trayectoria hasta llegar allí. Así fue como conocí a un cantautor que justo cuando dejó su plaza fija de funcionario se rompió un brazo y se quedó sordo, consiguiendo a pesar de ello su objetivo de presentar su primer disco. Un par de meses más tarde me llamó para avisarme de que venía a cantar a mi ciudad en un ‘Evento Para Madres’. Aunque, de nuevo, aquella reunión me sonaba raro acepté ir cuando me prometió quedarse conmigo para que no me sintiera sola. Conecté especialmente con una de las ponentes que, caUsalmente, era su amiga. Contó una experiencia dura que nada tenía que ver conmigo; sin embargo, me vinculé con ella más allá del relato porque la manera en la que hablaba sí resonaba conmigo. No pude dejar de mirar descaradamente a aquella mujer durante el resto de la tarde porque intuía que sabía qué era aquello que tanto tiempo yo llevaba buscando. Unos días después entré en su página web y encontré un test de alta sensibilidad: 98%, la respuesta fue muy clara. Sin ser consciente de que, a partir de ahí cambiaría todo, contacté con ella, hice algunas sesiones de coaching y abandoné un trabajo que estaba acabando con mi salud física y mental.

Cuando las piezas comenzaron a encajar, decidí enfocar mi Trabajo de Fin de Grado en Psicología hacia la alta sensibilidad y empecé a formarme sobre el tema, sorprendida por sentirme tan identificada en cada cosa que estudiaba. Pasaron años reajustando mi vida a mi nueva realidad: Volví a cambiar de amigos, de hábitos, de rutinas, de lecturas, de tipo de ocio… Mi mundo se transformó por completo y empezó a sintonizarse con lo que mi cuerpo necesitaba. Así dejé de forzarme a hacer cosas que, aunque sabía que me sentaban mal, no entendía el por qué todo el mundo las hacía sin mayores problemas y a mí me dejaban totalmente agotada durante días.

Aprendí a aceptar lo que supone la sensibilidad y aprendí a vivir acorde a quien realmente soy.

Somos sensibles desde que dos células nos proyectaron humanas antes de llegar al mundo que habitamos. Serlo no nos hace débiles, aunque durante muchos años haya supuesto sufrimiento por lo que implica vivir en una sociedad que nos obliga a luchar contra nosotras mismas para poder encajar en el molde ‘perfecto’. Sin ser conscientes de ello cohabitamos con nuestro rasgo hasta que adquirimos la consciencia necesaria para ser capaces de identificarlo y poder llamar por su nombre a todo lo que nos sucede día tras día.

Saberme Persona Altamente Sensible (PAS) me ha permitido poder empezar a vivir en plenitud y profundizar en este maravilloso rasgo de personalidad que poseemos el 20% de la población y que tanto nos pesa a veces. Afortunadamente he podido aprender sobre ello desde mi profesión, mediante varios cursos, con la lectura de decenas de libros y a través de bastantes artículos científicos que forman parte de reputadísimas revistas de neurociencia para poder crear este potente programa que trabaja la sensibilidad que nos habita de manera transversal, de forma que impacte positivamente en todos los ámbitos de nuestra vida

Durante la pandemia conseguí un trabajo en la administración pública bajo mis titulaciones académicas. Jamás había sentido tanta frustración al ver mis capacidades de ayuda tan limitadas por protocolos sin sentido que no dan respuestas ni soluciones reales a las personas. Por eso, gracias a todas mis vivencias, he recopilado todo mi conocimiento y experiencia personal para crear este acompañamiento con el que me gustaría que cada mujer que se siente desbordada logre aprender a identificar cada una de sus emociones, y así poder integrarlas desde un enfoque positivo que por fin le permita abrazar el ser sensible que es por lo que es.

He pasado gran parte de mi vida sintiéndome diferente a los demás, perdida y confundida, sin entender por qué. En consecuencia, he manifestado mis emociones multiplicadas tan exponencialmente que, cientos de veces, han sido tachadas por todo tipo de personas en mi entorno como exageradas. Desde que descubrí el rasgo primordial de mi personalidad y trabajé con él, ya no pido permiso ni perdón por vivir a flor de piel.

Mi mayor deseo es que ninguna persona en el mundo se sienta perdida en su caminar vital por esta causa y estoy aquí para ayudarte a que tu camino sea más sencillo aún si lo que trae te resulta complicado de abordar, para que te entrenes en habitar la intensidad de la vida sin que ésta te desborde, para acompañarte en tu transformación y para que tengas siempre un lugar seguro al que poder volver si sientes que pierdes el norte cuando la vida pese demasiado.

Tu centro eres tú, ¿Me acompañas en el viaje?

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